A metros de la arena, sobresalen cabezas de nadadores que no se acercan aún a la orilla. Entre los dos espigones, protegidos por rejas, cuatro blindados están dispuestos frente al vallado perimetral. De la zona proviene sonido de fogueo. Son botes de humo que lanzan las fuerzas marroquíes al otro lado de la valla. Los soldados se afanan en devolver a los chavales que corretean en el trozo de playa que se asemeja a la tierra de nadie. Cinco jóvenes descansan sobre el suelo, exhaustos y atendidos por Cruz Roja.
Pasado el mediodía, la situación parece haberse calmado un poco tras el frenesí de las primeras horas de la jornada. Por la playa pasean, de vuelta a Marruecos, grupos de jóvenes que regresan a casa. Vuelven voluntariamente, tras pasar la noche en la calle. Amar, ceutí, comenta que hace pocas horas ha dejado a su primo junto a la frontera, camino de vuelta a Fnideq, antigua Castillejos. “¿Qué iba a hacer aquí?”, comenta.
Fátima (nombre ficticio), también ceutí, merodea en torno a la nave del Tarajal, donde se encuentran los aproximadamente 1.500 menores que entraron este lunes sentados en el suelo a la espera de que los voluntarios de Cruz Roja les sirvan el rancho. Intenta encontrar al hijo de su primo, de 16 años. “No sabemos nada de él”, se preocupa, “mi primo me llamó ayer [lunes] por la tarde, llorando; ha pasado toda la tarde y toda la noche aquí [en Ceuta]”. “Entró por entrar”, se indigna, “vio con los chavales que la frontera estaba abierta y se echó a nadar”.
Parientes residentes en Ceuta y padres que cruzaron en familia desesperan intentando encontrar a los niños que aún no han sido siquiera registrados. Samira, vecina de Fnideq de 35 años, sí tiene a su hijo Ilias, de 15 años, controlado. Ambos cruzaron nadando por la zona norte de Benzú durante la tarde del lunes. La madre grita desde un muro sobre el polígono donde se ubica la nave. “¡Ilias!”, chilla; y el chaval saluda desde el barullo de niños sentados en el suelo. “La gente no tiene nada allí”, se lamenta, “mi hija de 20 años quiere estudiar, quiere ropa, quiere de todo, y no puedo darle nada”.
La mujer cobraba 400 euros al mes como empleada doméstica en Ceuta antes de que se cerrara la frontera, en marzo de 2020, ante la pandemia por covid-19. Ahora intenta apañarse con lo que, de vez en cuando, le manda su antigua empleadora. “Me ayuda, pero no mucho”, dice, “un mes sí y otro no”. Le preocupa más su tarjeta sanitaria como cotizante a la seguridad social y su permiso de trabajo, ambos caducados. “Yo tenía todos mis papeles y ahora he llegado aquí como una irregular”, comenta, “ahora, con mi hijo, ¿qué voy a hacer? Si me devuelven a Marruecos, ¿lo dejo aquí? Me rompe el corazón”.
A metros de la arena, sobresalen cabezas de nadadores que no se acercan aún a la orilla. Entre los dos espigones, protegidos por rejas, cuatro blindados están dispuestos frente al vallado perimetral. De la zona proviene sonido de fogueo. Son botes de humo que lanzan las fuerzas marroquíes al otro lado de la valla. Los soldados se afanan en devolver a los chavales que corretean en el trozo de playa que se asemeja a la tierra de nadie. Cinco jóvenes descansan sobre el suelo, exhaustos y atendidos por Cruz Roja.
Pasado el mediodía, la situación parece haberse calmado un poco tras el frenesí de las primeras horas de la jornada. Por la playa pasean, de vuelta a Marruecos, grupos de jóvenes que regresan a casa. Vuelven voluntariamente, tras pasar la noche en la calle. Amar, ceutí, comenta que hace pocas horas ha dejado a su primo junto a la frontera, camino de vuelta a Fnideq, antigua Castillejos. “¿Qué iba a hacer aquí?”, comenta.
Fátima (nombre ficticio), también ceutí, merodea en torno a la nave del Tarajal, donde se encuentran los aproximadamente 1.500 menores que entraron este lunes sentados en el suelo a la espera de que los voluntarios de Cruz Roja les sirvan el rancho. Intenta encontrar al hijo de su primo, de 16 años. “No sabemos nada de él”, se preocupa, “mi primo me llamó ayer [lunes] por la tarde, llorando; ha pasado toda la tarde y toda la noche aquí [en Ceuta]”. “Entró por entrar”, se indigna, “vio con los chavales que la frontera estaba abierta y se echó a nadar”.
Parientes residentes en Ceuta y padres que cruzaron en familia desesperan intentando encontrar a los niños que aún no han sido siquiera registrados. Samira, vecina de Fnideq de 35 años, sí tiene a su hijo Ilias, de 15 años, controlado. Ambos cruzaron nadando por la zona norte de Benzú durante la tarde del lunes. La madre grita desde un muro sobre el polígono donde se ubica la nave. “¡Ilias!”, chilla; y el chaval saluda desde el barullo de niños sentados en el suelo. “La gente no tiene nada allí”, se lamenta, “mi hija de 20 años quiere estudiar, quiere ropa, quiere de todo, y no puedo darle nada”.
La mujer cobraba 400 euros al mes como empleada doméstica en Ceuta antes de que se cerrara la frontera, en marzo de 2020, ante la pandemia por covid-19. Ahora intenta apañarse con lo que, de vez en cuando, le manda su antigua empleadora. “Me ayuda, pero no mucho”, dice, “un mes sí y otro no”. Le preocupa más su tarjeta sanitaria como cotizante a la seguridad social y su permiso de trabajo, ambos caducados. “Yo tenía todos mis papeles y ahora he llegado aquí como una irregular”, comenta, “ahora, con mi hijo, ¿qué voy a hacer? Si me devuelven a Marruecos, ¿lo dejo aquí? Me rompe el corazón”.
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